100 KILÓMETROS SIN COMER, EL RETO TRAILWALKER – PARTE 2.

Hola, soy Papanatas Bobus y, si te fijas, en el nombre de la entrada pone: “Parte 2”. En la primera parte explico que es la TrailWalker y cuáles fueron los motivos que me llevaron a hacerla sin comer. Si te has perdido, aquí tienes el enlace a 100 kilómetros sin comer, el reto TrailWalker – Parte 1.

Probar los límites.

Era una fría mañana de abril en Olot. Allí era donde daba comienzo el recorrido de 100 kilómetros hasta Sant Feliu de Guixols. Éramos dos equipos con la misma misión, llegar a la meta, pero con algunas diferencias. El equipo “Senior” iba a necesitar peraltas para no salirse en las curvas, sin embargo, nosotros, íbamos a necesitar un camino de fe para llegar.

Todo empezó rápidamente. Había un apelotonamiento de participantes. Conforme íbamos avanzando la cola iba estirándose. Algunos corrían, otros marchaban, nosotros caminábamos.

IMG_2820Nos movíamos a un ritmo rápido, adelantábamos a muchos otros equipos que también caminaban. Llegamos al Kilómetro 10 más frescos que el culo de un pingüino y sentíamos que, si manteníamos aquel ritmo, llegaríamos a la meta sin darnos cuenta. Rápidamente se extendió la expresión: Esto lo hacemos como si nada, ¡nos fumamos un puro! Fuimos tan osados que ni siquiera paramos en el primer punto de abastecimiento.

 Antes de llegar a los 20 kilómetros empecé a tener molestias en el empeine del pie. Aquel ritmo acelerado en combinación con mi calzado minimalista estaba siendo fatídico para mí. Aunque a día de hoy, sigo creyendo que lo más sano es caminar descalzo, también sé que caminar 100 kilómetros seguidos no lo es mucho que digamos. Mi cuerpo no estaba preparado para ello y me estaba pasando factura. Pero había que seguir.

De camino al kilómetro 30 habíamos aprendido a ser conservadores. Teníamos que llegar al final y necesitábamos encontrar un ritmo que nos lo permitiera. Recuerdo bien que hacia este punto las molestias en los pies y en los grupos musculares se convirtieron en una realidad. La parada de los 30 fue más que necesaria en muchos aspectos. Sentíamos que teníamos que descansar un poco y, en mi caso, hacer estiramientos.

IMG_2812La sobrecarga en los flexores del pie hizo que se viniera abajo mi primer reto. No iba a poder recorrer los 70 kilómetros restantes con ese calzado. Así que tuve que calzarme de forma convencional. Lo viví como un pequeño fracaso a nivel personal, pero, ante todo, éramos un equipo y no pensaba dejar que nada me evitara cruzar la meta con mis compañeros.

Nos fuimos de cabeza a buscar el kilómetro 40. Estábamos animados y el ritmo escogido era bueno para todos. Mi calzado nuevo tenía unos centímetros de amortiguación y aquello me permitía caminar mucho más rápido y aprovechar más la energía. Aunque bajo mi punto de vista perjudicara mi salud, necesitaba ese rendimiento de más que me ofrecía el calzado convencional.

Llegar a los 50 fue duro. Había rectas interminables donde el enemigo más fiero era nuestra propia mente. El grupo se fraccionó mientras otros equipos nos adelantaban y cada uno de nosotros vivió aquella lucha mental a su manera. Por suerte para mí, yo estaba feliz. Para mí ya estábamos a mitad del recorrido y eso me mantenía animado. La noche y el frio nos atraparon cuando llegamos a la ambulancia, la cual marcaba los 50 kilómetros. Yo me quedé fuera, haciendo mis estiramientos, sin saber que dentro de la ambulancia se estaba debatiendo el abandono. El frio, tener que seguir en la noche y el cansancio estaban poniendo a prueba la fuerza de voluntad de mis compañeros.

― Y el carbón este ―dijo uno de mis compañeros con todo el cariño del mundo refiriéndose a mi.―, se ha pasado medio camino subido en el guarda rail y gritando para que los coches y los camiones pitaran. ¡¡Y sin comer!!

Era verdad.

―Estoy cansado igual que vosotros ―dije entre risas.―pero estoy motivado.

Sabía que la situación era crítica, todo el equipo estaba mermado y era consciente de que era difícil llegar a la meta. Pero debía convencerlos de al menos intentar llegar a Girona. Eran solo 10 kilómetros más, pero allí nos esperaban calefacción, fisioterapeutas, podólogos y, para quien la quisiera, comida. El hecho de que el coche escoba nos amenazara con descalificarnos fue estimulo suficiente para remprender la marcha. Las condiciones no eran reconfortantes, el cielo amenazaba con desplomarse en forma de tormenta sobre nuestras cabezas y el hecho de que tuviéramos que pararnos a socorrer a una mujer con “hipocosas” (hipoglicemia, hipotermia, hipotensión…) era un aviso de que no iba a resultar nada fácil seguir.

Cuando llegamos a Girona decidimos descansar. Fue una noche frustrante y desalentadora. Me gustaría haber podido acudir a los fisioterapeutas pero ya se habían ido. Intenté domir, pero en el fondo sabía que si descendía de mi estado de alerta, luego no podría volver a subir a ese carro. Dormí apenas 10 minutos, incómodo y agotado.

Un miembro del equipo cogió calefactitis aguda, se negó varias veces a abandonar el confort de la calefacción, quería abandonar. Le convencimos diciéndole que siguiera caminando y que si en algún momento no podía andar más, nosotros mismos lo devolveríamos a la ambulancia con su calefacción.

Retomamos el viaje y un amigo mío se unió a nosotros para darnos ánimos. Cuando vimos la luz del sol, pareció encenderse algo cálido dentro de nosotros. Parecía que habíamos superado un muro y que la noche que quedaba atrás, se había llevado nuestros pensamientos de abandono, aunque uno de nuestros compañeros se rompió e irremediablemente tuvo que abandonar. Yo, después de 70 kilómetros y 24 horas sin comer nada, me sentía despierto, aunque hambriento. Esa sensación fue en aumento durante los siguientes 10 kilometros. Tenía mucha hambre, pero yo no me concentraba en mi estómago, sino en mi cabeza, en mis piernas, en mis manos… ¿Mareos? No ¿Flojera? No ¿Temblores? Nada. A seguir.

IMG_2774Cuando rondábamos el kilómetro 90 al que le costaba más andar era a mí. Los calambres me obligaban a tener que parar a estirar cada pocos metros. Entonces empecé a entender la magnitud de mi locura. Mi cuerpo me estaba diciendo “te estás pasando”, pero yo sabía que aquello no era un límite, sino un aviso.

Me gustaría haber podido valorar, la cantidad de gente que nos esperaba cuando cruzamos la meta, que había canales de televisión y que nos dieron una medalla a la imbecilidad. Pero la verdad es que no me importaba. Solo me importaban las caras de aquellos que nos habían ayudado, motivado y acompañado. Las caras de mis compañeros de equipo, mis compañeras de asistencia y de mis amigos. Sé bien que sin ellos y su actitud, este Papanatas nunca hubiese echo 100 kilómetros sin comer.

Gracias a todos.

llegada Trailwalker

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